¿Cuánto hace que no posteo? ¿No hace mucho, no? Pero pareció una eternidad, necesito desesperadamente comunicarme con la blogósfera, las palabras me salen a borbotones, en estos días -créanme o no- armaba posts en mi cabeza y me contestaba sola, jua, esto es grave, se está haciendo cada vez más adictivo, como leía hace poco en el
blog de Constanza.
Pero es que pasaron cosas, cositas cotidianas de las que me encanta compartir con ustedes, como por ejemplo, que compré alcauciles, un enorme atado, por dos euros, y que estuve disfrutando ese sabor único por días y días, hoy herví los últimos para que no se pongan feos y los guardé en un tupper, hasta tuve la tentación de freezarlos, je, pero no, mejor los fulmino apenas pueda. Y quería contarles que los alcauciles me recuerdan tanto mi infancia, a mi papá. Que comer alcauciles en mi casa era una fiesta. Se conseguían a veces, pero eran todo un evento. Acá en Italia les sacan las hojas más duras, las puntas, y dejan apenas el corazón con unas pocas capas de hojas tiernas. Mi mamá creo que les dejaba más. Y toda la ceremonia de la comida de alcauciles era ir paso a paso, con paciencia, deshojando la delicia, pasando cada hojita (¿o pétalo? porque creo que es una flor, ¿no?) por una vinagreta que cada uno se preparaba en el plato. Y mi papá había impuesto la costumbre de levantar el plato desde un ángulo, con un cubierto, no me acuerdo cuál, entonces así, con el plato inclinado, te quedaba el aceite, sal y vinagre magistralmente mezclados en esa parte, y allí embebíamos las hojitas más duras, y después las rasgábamos con los dientes, para sacar lo más rico y dejábamos el montoncito de los restos a un costado. Bastante salvaje y primitivo ahora que lo pienso, la verdad. Pero era una fiesta. Algo súper divertido. Y guay de querer anticiparte y comerte el corazón de una. Perdía toda la gracia. Yo veía desesperada que mi papá llegaba siempre más rápido al corazón (lo verdaderamente delicioso del alcaucil, a decir verdad), y me daba una sana envidia, y apuraba mi procedimiento. Qué lindo, qué lindos recuerdos. Ahora los hice a la italiana, me tomé todo el trabajo de limpiarlos (el primer día lo hizo Pablo, gracias, gracias, porque andaba sin tiempo y se iban a pudrir en la heladera), pero valió la pena el esfuerzo. Ah, entre las delicias alcaucilescas de estos días hice una salsa para la pasta, con cebolla roja saltada, jamón cocido y ricota, que quedó bárbara con los fusilli!!
Pero el evento de estos días fue que Emilio se enfermó. La gran puta madre. Tengo que hacerlo. No me gusta putear pero lo merece. Y eso me tuvo tan conmocionada y absorbida, me partió el alma. Me sentí una perra por el post de mea culpa anterior, la que tiene que hacer mea culpa soy yo, madre desmadrada. Cómo no me di cuenta. Es tan fuerte mi gordo y tan activo y tan demandante, que no se me cruza por la cabeza que pueda estar enfermito. El miércoles no quiso almorzar, no comió nada de la papilla que le preparo y que siempre se devora, y lloraba fuerte fuerte cuando tenía que tragar. Lloraba, se quejaba. Estaba lindo el día y dije, saquémoslo al parque porque acá en casa va a estar insoportable. Pablo entrenaba a las seis y a mí también, hasta las seis no me mandaban las páginas del trabajo. A natación no iba porque era el día que entrenan dos horas y tampoco soy suicida. Y allí fuimos. Preparamos el bolso, con el mate, el termo, galletitas, y caminamos hasta el parque. Es un poco lejos y generalmente vamos con el auto, pero entre otras cosas que pasaron en estos días, se le rompió la única llave del auto a Pablo, se quedó con la mitad en la mano. Así que sin medio de locomoción. En el parque el gordo estaba feliz, parecía súper contento. Lo pusimos sentadito sobre el césped. Me subí a la hamaca con él. Pablo lo tiró por el tobogán, sí, está un poco loco, pero lo controlaba, no se asusten! A la noche estaba muy colorado y se me ocurrió que estaba insolado, que había tomado demasiado sol. Le empezó a subir la fiebre. No comió de nuevo, la papilla de la noche. Sólo teta, teta. Menos mal que la teta sí. Grande teta, cada vez estoy más contenta de poder amamantarlo. Se durmió con gran dificultad y en mitad de la noche, en sus despertares habituales, volaba de fiebre, me desperté desesperada, tenía 39. Nunca vi a Pablo así, tan asustado. Lo amé tanto en ese momento. Llamé a mi mamá, era medianoche en Argentina, y ella me tranquilizó. Le di paracetamol, Pablo le ponía pañitos de agua fría mientras yo le daba teta y le bajó rápido. Al día siguiente, seguíamos sin auto, y llamé a la pediatra por las dudas, a ver si podíamos solucionarlo sin ir personalmente. Y sí, lo medicó por teléfono. Antibiótico, nebu, y paracetamol para la fiebre. Hoy es domingo y anoche por fin durmió sin fiebre. Con sus despertares habituales, pero sin fiebre. Tiene mucho catarro y tose y le sube la flema y vomita todo. Son pequeñas catástrofes y como padres primerizos nos asustamos mucho. Aparte no hay abuelas sabias, ni tías, ni bisabuelas, ni nadie de la flia para que nos den esos consejos que por lo general molestan, pero en cierto modo tranquilizan. Je. A Pablo nunca lo vi tan convencido de lo que decía su suegra-madrastra como esta vez. Nunca sus palabras fueron más sabias ni sus consejos más bienvenidos.
Así que acá estamos. Hoy es domingo y Pablo juega de local, y por primera vez desde que llegamos la mascotita no estará presente para hacerles el "tifo" (la barra). Lo tengo encerrado bajo cuatro llaves a pesar de que afuera el tiempo está hermoso. Está ronquito y nos da mucha ternura. Se deja hacer nebus cuando le ponemos teletubbies que dicho sea de paso ya se ven mal de tanto que usamos los dvd, estamos bajando otras cosas de internet porque ya estamos completamente hartos de escuchar a lala, dixi, tinky winky diciendo ciao, ciaooo, taooo... encima tenemos sólo canales de aire, nada de disney channel en casa. Pero cuando está mejor juega, juega en la alfombra, hace qué linda manito, se ríe. Y hay otros momentos en los que sólo quiere estar pegado a mí. Me abraza, me aprieta, se queda tranquilo en contacto conmigo.
Fueron días en los que me dediqué completamente a él, a su cuerpito afiebrado, a sus reclamos. Y días en los que aprendí tanto. Ya se está despertando y me reclama. Creo que un poco del síndrome de abstinencia logré ahuyentar.