Pasaron los siete días, y fueron menos agotadores de lo que pensé.
Cociné menos de lo sospechado y viajamos más de lo imaginado.
Un buen balance, en pocas palabras, je.
Salvo por un pequeño detalle: ahora mi demonio está más demandante que nunca.
Debe ser que se malacostumbró, a tantos niños a su alrededor, se le descalabraron los ritmos, se creyó todos los "qué guapo el bebé, qué mono", que sus primitos galleguitos le dedicaban con ese acento encantador. Y se le subieron los humos a la cabeza, no sé.
O será que le sentaban muy bien esos días largos de viaje, ese run run del auto que lo mecía y lo adormecía, el viento de mar, el aire salado, los edificios barrocos, las callecitas laberínticas...
A mí, me quedó la retina encantada del mar turquesa del
Salento, casi como el de la Cerdeña que ya estoy extrañando. De la belleza de
Lecce, la Florencia de la Puglia (dicen), que por momentos me hacía pensar que estábamos en Barcelona, por el hormigueo de turistas, por los restaurantitos típicos, por las calles del casco histórico, aunque con estilos diversos... aquí reina el barroco, allá el gótico...
Aquí donde se termina la Italia, donde la bota llega a su taco, donde el Adriático y el Jónico se unen, territorio de olivos y de
trulli, las viviendas de los antiguos habitantes de esta tierra que florecen en medio de las ciudades que se modernizan sin olvidar sus raíces. Los lugareños compran trulli y los reestructuran. Saben que no tendrán vivienda más fresca en verano ni más cálida en invierno, que ésta construida con la sabiduría de sus ancestros...
De Molfetta a Bari, de Albero Bello a Trani, de Lecce a Gallipoli, Porto Cesareo, Taranto... días de viaje por una región en la que vivo, que no es la más publicitada de Italia, no es la Italia de las guías de viaje, de los documentales, de los tour organizados. Es la Italia profunda, la Italia meridional, la Italia donde todavía se pueden ver los chicos jugando a la pelota en las calles estrechas, las viejecitas con pañuelos en la cabeza, la ropa tendida afuera, los barcos pesqueros que dan de comer a familias enteras con esa actividad antiquísima.
No hubo McDonald's esta vez, pueden quedarse tranquilos. Carpaccio de manzo (carne cruda cortada finísima con rúcula y queso parmiggiano), orecchiete, cavatelli (estas últimas son dos tipos de pasta típica pugliese), pescado fresco, frutos de mar que olían todavía a sal... creo que me reivindiqué y homenajeé como es debido a la gastronomía italiana.
Y para lavar más mis culpas estoy casi terminando el libro-Biblia del movimiento Slow, el Elogio de la lentitud que me recomendó
Viajera. A propósito, en Trani vi un cartel de ciudad Slow, lástima que no tenía la cámara a mano...
Bueno, como me estoy yendo por las ramas y esto va perdiendo forma, y mi hijo va tomando cada vez más forma de demonio, debo cortar el chorro... no sin antes dejarles algunas imágenes de estos días anómalos, agotadores, pero inolvidables.