No, no y no, no es un mito eso de que viajar con un niño chiquito es complicado. La señorita, o señora, que escribe este blog, con su habitual autosuficiencia, creyó que iba a poder, sí, sí, cómo no, claro que se puede, yo me arreglo, nos vamos a parís, y después a pisa, y a florencia, claro, en qué se puede complicar, vos no entendés nada, el nene está mejor que nadie conmigo, es re piola él, miralo, es un santo. Y sí, se puede, es cierto. Lo hice (a medias, pero bué), con el nene chiquito y una compañera de viaje espléndida, pero con cincuenta y pico largos, y un dedo averiado. Y aquí estoy, agotada, pero feliz, muy feliz. Y tengo que admitir que hubo momentos en que tenía ganas de llamarlo y decirle tenías razón mi vida, venite ya a darme una mano, gracias, no tengo problema en admitirlo.
París me enamoró, me fascinó, me dejó con gusto a poco, también, como dice
Malen, fueron dos días a las corridas, frenéticos, bajando y subiendo de metros, bus, luchando contra la lluvia y el frío, pero que casi no se sentían, tanto era el entusiasmo que nos corría por dentro, y la emoción de vivir en carne propia esa atmósfera indescriptible de las calles parisinas, de cada uno de sus hitos, de su historia, de las películas, de las novelas, de las historias que la tuvieron como escenario. Qué ciudad maravillosa. Qué ciudad inabarcable. Qué ganas de volver.
Y allí, en medio de tanta emoción, de tantas corridas, tener así, de pronto, mi primer encuentro blogger. Con
Malen, tan dulce, tan frágil, tan hermosa y cálida como su blog, como uno puede imaginarla a través de sus palabras. Con su predisposición total, con su generosidad, con su infinita sabiduría, y su humildad, y su francés perfecto, y su chocolate caliente en Montmartre, que se apuró a pagar sonriendo contra todas nuestras negativas, "así pueden comprarse algunos recuerditos de París". Y las almendras con chocolate que me metió en la mochila y que me fui comiendo de a poquito, y aquí en casa, me encontré con una, y me la quedaré de recuerdo.
Ryanair una vez más se ensañó conmigo, y a las horas nomás de darme cuenta que había perdido el celular en el bus, haber corrido como carl lewis tras el vehículo en cuestión, que el chofer se haga el tremendo boludo, y me quiera bajar rápido, volver sobre mis pasos, volver a los buses, recorrerlos todos, y darme cuenta que sí, que estaba mi bufanda pero no mi celu y que evidentemente me lo había robado el chofer (amén de mi descuido), me vengo a enterar que cancelan el vuelo a Pisa. Luchar en mi francés rudimentario (gracias, gracias, cinco años en el anexo me sirvieron de algo) para que me dieran enseguida una solución, "pour l'enfant", y rogar que me metieran en el primer vuelo a Italia del día siguiente, si era a Roma mejor. Porque ese último vuelo a Pisa de las 22 hacía tres días que se venía cancelando... algo huele mal en Ryanair, me dijeron los viajeros frecuentes, no sé, habrá que tomar sus precauciones. O algo huele mal en mi suerte, je, porque sólo dos veces viajé con la "mejor línea aérea low cost de Europa", y las dos veces me cancelaron el vuelo, contra las estadísticas de todos los que viajan habitualmente con RA y "jamás un retraso, jamás un problema".
El viaje tomó otro rumbo, nos quedamos en Beauvais en un hotelucho maloliente y al día siguiente a Roma Ciampino, bus a Termini, y llegar al infierno total de la estación de tren romana un viernes previo a fin de semana largo... qué idea la míaaa!!! Frenesí total, colas interminables en la boletería, trenes apiñados, sacar el primer boleto, tener que tirarlo porque era imposible entrar en los vagones atestados, y luego volar sobre las maquinitas expendedoras, hacer volar los dedos sobre el monitor y "lugares agotados", otra combinación, "lugares agotados", hasta finalmente dar con la combinación justa: 18.30, intercity a Aversa, cambio de tren con los minutos contados, y llegar finalmente a Caserta.
Aaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh!!!
Qué lindo es viajar, pero cuánto más lindo es volver a casa, y que te reciban no sólo con unos capelletis de gorgonzola y noci (roquefort y nueces), sino también, la casa ordenada y las compras hechas, y en cinco minutos el bolso desarmado, y ya te estoy averiguando para un teléfono nuevo. Mi vidaaaaaaaaa... no me lo merezco!