El saldo de un fin de semana de comer sin tregua, incluida fondue bourguignonne de mi mamá, un clásico en esta casa cuando se quiere festejar algo, es que me siento literalmente un elefante. Cada vez más limitados los movimientos, y mi cara comienza a hincharse de manera considerable. Estoy hermosa para esperar a mi maridito. Y las cenizas que insisten en seguir posándose sobre Buenos Aires. Siguiendo con la temática paquidérmica, Pablo diría que él está meado por un elefante, siempre hay problemas con los vuelos cuando nosotros (y más precisamente él) tenemos que viajar! Pero yo necesito con carácter de urgencia al padre de este niño porque ya cositas cotidianas como cambiarlo (perseguirlo para ponerle las medias, las zapatillas, el guardapolvo), o bañarlo (e insistirle para que se lave el pelo, se deje enjuagar, salga de la bañera), o acompañarlo a jugar al parque, se me están haciendo una odisea, y termino agotada como después de correr una maratón. Bueno, dicen que es la diferencia entre el embarazo a los veintipico y a los treintaypico, yo creo más bien que es la diferencia entre el segundo y el primero, aunque no voy a negar que tampoco tengo la agilidad de antes. Ni la agilidad, ni la lucidez mental, ni varias otras cosas. Pero creo que estoy un poquitín más sabia. O tengo menos miedos. O dejo más espacio a mi parte instintiva. Qué sé yo, depende de cómo lo quieras ver.
Ahora espero con ansiedad la ecografía que me harán en una horita para ver si la niña engordó tanto como yo, más le vale (ay, por un segundo me sentí como en Precious, ¿vieron la peli? no es lo más para una embarazada casi a término, pero está buena).
Ya vengo... me voy despacito, despacito...


